En uno de los números anteriores de nuestra revista iniciamos un tema de importancia muy grande: el contra-ataque.

El contra-ataque proporciona a la defensa el dinamismo que necesita para cumplir con éxito su doble misión: conservar el terreno y desgastar al enemigo.

Al contemplar anteriormente el caso más sencillo del contra-ataque o sea, aquel que brota espontáneamente en las mismas trincheras ante las que acababa de estrellarse el asaltante, vimos ya que en el combate defensivo no tiene aplicación el dicho de que «a enemigo que huye, puente de plata». Por el contrario, en la guerra es necesario explotar consecuentemente y con la máxima rapidez y energía todos los éxitos, aun los más insignificantes, hasta convertirlos en graves derrotas del adversario. Y así es tanto en la escala reducida del combate como en el campo más amplio de la estrategia. Rasgo distintivo del genio militar es saber convertir, mediante una persecución implacable, la victoria táctica lograda en el campo de batalla, en un triunfo decisivo para la suerte de la guerra en su conjunto.

Si examinamos ahora las razones del éxito decisivo que para la causa de la Revolución tuvo la marcha victoriosa de las columnas invasoras de Camilo y el Che por Camagüey y Las Villas, ¿no fue, acaso, resultado del acierto genial con que Fidel aprovechó a fondo el fracaso de la ofensiva de los generales de Batista?

Estas razones determinantes del éxito militar tienen, como decíamos al tratar del contra-ataque espontáneo, aplicación eficaz también en el combate defensivo de las pequeñas unidades con tal de que se proceda oportunamente y con toda energía.

Decíamos en nuestro «consejo» precedente al tratar del contra-ataque, que sirve al defensor para coronar el éxito de su esfuerzo: al rechazar al enemigo mantuvo su posición y le causó muchas bajas; luego, al perseguir al atacante en su retirada, culminó su obra aumentando el número de sus bajas. ¿Cómo? El atacante, al ser rechazado, huye a ocultarse del fuego de la defensa. Pero el defensor, victorioso, le persigue sin dejarle que se rehaga a cubierto de cualquier accidente del terreno. Y le persigue con el fuego de su artillería, con el de sus morteros y físicamente también, saliendo de las trincheras para batirle con tiros de fusil y granadas de mano en el obstáculo que se buscó para tratar de rehacerse. Todo esto es rápido, ocurre como un reflejo condicionado por el buen entrenamiento en una tropa aguerrida.

Pero, ¿qué hacer si el atacante logró apoderarse de la posición o de alguna de sus partes?

Hay que contra-atacar también para recuperar lo perdido, pero este contra-ataque requiere el empleo de nuevas fuerzas y debe ser preparado minuciosamente de antemano.

El jefe que defiende un sector debe prever con tiempo lo que ha de hacer para recuperar las posiciones perdidas en las incidencias del combate. Reserva a este fin una parte de sus fuerzas, bien provistas de armas automáticas ligeras. Las sitúa debidamente con vistas a su empleo más probable. Las entrena día y noche en el cumplimiento de sus misiones previsibles. Deben ser fuerzas selectas y bien armadas, no se requiere que sean demasiado numerosas, un contra-ataque de cien hombres bien armados y audazmente dirigidos a las seis horas de perdida una posición, es más eficaz y cuesta menos sangre que ese mismo contra-ataque realizado por mil hombres dos días después.

Lo principal es la rapidez con que se prepara y la energía con que se lance.

Para el éxito del contra-ataque tiene especial importancia aprovechar las sombras de la noche. Esta gran verdad, demostrada en la experiencia, resalta al contemplar la influencia de factor tan importante como es el del terreno y preguntarse: ¿quién conoce mejor el terreno: el atacante que acaba de conquistarlo y no ha tenido tiempo de hacerse de él, o el defensor que sabe de memoria todos sus vericuetos?

No cabe duda alguna de que esta importantísima ventaja (que bien aprovechada puede resultar decisiva) está de parte del defensor, pero no por mucho tiempo, porque el atacante estudiará rápidamente las nuevas posiciones conquistadas y se perderá pronto aquella ventaja; no durará arriba de uno o dos días. En ese margen de tiempo hay que lanzar el contra-ataque y lo mejor es en la noche siguiente al día en que fueron perdidas las posiciones que se trata de recuperar contra-atacando. Al caer la noche pierde el atacante la enorme ventaja que le proporcionó el apoyo artillero, sus tanques quedan ciegos y en gran parte inútiles, en lugar de proteger a la infantería atacante, necesitan protección de ésta para no ser víctima de los bazookas o de los granaderos enemigos; tampoco puede actuar eficazmente la aviación, ya que esa primera noche resulta muy difícil precisar dónde están unos y dónde están los otros, la línea del frente cambió dibujando complicados entrantes y salientes que los Estados Mayores se afanan febrilmente por situar en los planos, pero sólo podrán hacerlo al cabo de varias horas, cuando amanezca. Antes, todo es confusión en las primeras líneas y la infantería queda abandonada a sus propias fuerzas.

Fuerzas harto débiles en aquellas horas de la primera noche, ya que no ha tenido tiempo para trazar su plan de fuegos, no ha podido establecer obstáculos protectores ni alambradas ni campos de minas. Limitase, forzosamente, a aprovechar mal que bien las propias trincheras que cavó la defensa, y esas trincheras no le sirven más que de refugio hasta que puede adaptarlas a la nueva situación táctica construyendo los correspondientes emplazamientos de fuego, en lo que estará trabajando intensamente, pero todavía a ciegas, pues por detallados que sean los planos topográficos, el reconocimiento visual del terreno que se pisa es indispensable condición para montar eficazmente su defensa.

Antes de ocupar los emplazamientos señalados en el plan de fuegos debidamente estudiado, las armas de la defensa ladran mucho más que muerden en el combate nocturno y es fácil burlar sus tiros, cuando se conoce bien el terreno. Esta ventaja formidable está íntegramente al lado del que contra-ataca, con tal de que lo haga protegido por las sombras de la primera noche. Veinticuatro horas después sería tarde, tropezaría con alambradas y campos de minas, cuya presencia ignora, habría de atravesar las barreras de fuego de los morteros y de las ametralladoras, encontraría a un enemigo mucho mejor preparado para rechazarle.

La noche que sigue inmediatamente al día del ataque, es el tiempo ideal para lanzar con éxito el contra-ataque. Esta realidad debe ser muy bien considerada por el jefe que se defiende al estudiar sus planes de defensa... Para lanzar el contra-ataque dispone de unas horas, no más de seis o siete, en realidad. En ellas habrá de trasladar a la reserva desde el emplazamiento que ocupa en el dispositivo de la defensa hasta la base de partida para el contra-ataque.

En esas contadas horas habrá de desplegar esas reservas en la base de partida, habrá de señalar los objetivos, establecer la cooperación y el enlace, asegurar el necesario apoyo con tiros de morteros y de artillería, tiros que necesitará tanto en la realización del contra-ataque como después de efectuado éste, cuando haya que defender, a la mañana siguiente, las posiciones recuperadas contra los nuevos ataques del enemigo. Todo esto exige tiempo, pero en gran parte puede haber sido preparado ya de antemano, para ganarlo ahora, en el momento decisivo, cuando cada minuto tiene un valor enorme.

Por ejemplo: la marcha desde el lugar central que ocupan las reservas hasta la base de partida del contraataque. Serán mil o más metros, que cien hombres con sus armas pueden recorrer silenciosamente y sin luces en poco más de diez minutos, si conocen bien el camino, pero que si no lo conocen invierten en él su buena media hora o más todavía, si por casualidad se despistan en la oscuridad. En la base de partida tienen que desplegar silenciosamente esos hombres, cada pelotón y cada escuadra habrán de ocupar su puesto en el dispositivo de ataque. Y una vez en él habrán de comprender perfectamente la idea de la maniobra, ver en la noche el objetivo que habrán de recuperar, el itinerario que deberán seguir sin mezclarse unos con otros, sin perder la orientación, sin confundir los objetivos, sin perder el contacto a fin de apoyarse mutuamente.

Si el terreno es bien conocido, si esta operación, tan sencilla de día, ha sido ensayada a la luz del sol, en las largas jornadas de preparación de la defensa, antes de que «empezasen los tiros», entonces todo iría bien y requeriría poco tiempo, todo lo más una hora u hora y media. Es decir, que antes de que hubiesen transcurrido dos horas de la noche, el contra-ataque podría desencadenarse y, normalmente, una hora después la posición estaría recuperada y destruida o prisionera la tropa enemiga que la ocupaba.

Aún quedarían varias horas de la noche para disponerse a hacer frente a los nuevos golpes del enemigo, que no se harían esperar en cuanto despunte el nuevo día: disponer las fuerzas para la defensa colocando las ametralladoras en los emplazamientos convenientes (y esto lo podemos hacer sin esperar el alba, ya que conocemos perfectamente el terreno recuperado) situando el resto de la fuerza en abrigos y refugios a fin de eludir los efectos del intenso bombardeo enemigo en cuanto salga el sol; estableciendo el enlace con las unidades vecinas; cuidando la comunicación telefónica; abasteciendo de municiones; retirando los heridos, &c., &c.

No sobra ni un solo minuto, hay que trabajar con rapidez para que el nuevo día nos encuentre bien preparados para rechazar nuevos ataques aún más intensos. Porque los ataques reiterados son siempre más intensos y, sin embargo, la historia de las guerras demuestra que las posiciones recuperadas en los contra-ataques resultan luego más sólidas (quizás sea efecto del factor moral) y con dificultad vuelven a perderse. Acaso sea como esos huesos que no suelen nunca fracturarse dos veces por un mismo sitio.

Y como no hemos agotado aún el tema del contra-ataque, seguiremos hablando de él en nuevos números de nuestra revista. La importancia del tema así lo exige.

[Verde Olivo, 17 de julio de 1960.]

(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 256-261)

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