Detener el golpe enemigo no basta para vencer, es preciso replicar con rapidez y energía aprovechando el momento moral favorable en que el ánimo del atacante está abatido por el fracaso y el éxito multiplica las energías del defensor.

Esta gran lección comenzamos a aprenderla desde que empezamos a pelear: esquivando los golpes del adversario o deteniéndolos con los brazos no se gana la pelea. Si no fuera así, el mejor boxeador sería el saco de arena que recibe impertérrito los golpes más potentes.

Tanto en el combate individual, deportivo, como en la batalla de los ejércitos, la tenaz defensa, para reportar todo su provecho tiene que ir seguida del contra-ataque resuelto, enérgico, rápido.

En el campo de batalla, igual que en el ring de boxeo, chocan en fin de cuentas, dos voluntades que, en los campos de batalla mueven fuerzas y medios de combate sumamente poderosos y destructivos. Trabada la lucha, entran en colisión ambas voluntades: una, la del atacante, se apoya en la superioridad de número y material de que dispone; otra, la del defensor, se apoya en la ventaja de la fortificación y del terreno. Llega un momento en que, en virtud de una suma de complejos factores morales y materiales, la voluntad de uno de los combatientes cede; si es la del defensor, deja éste de oponer resistencia; si es la del atacante no avanza más, se queda pegado al terreno o retrocede hasta que supera la crisis moral o acuden refuerzos con los que reanudar el ataque.

Es decir, que la crisis moral tiene duración limitada y aprovecharla requiere rapidez, oportunidad y siempre energía para lograr que lo que comenzó siendo una crisis momentánea devenga en derrumbamiento pleno de la moral enemiga sin que pueda rehacerse el adversario, apoyado en la superioridad de su armamento.

Porque cualquiera que sea la potencia y el número del armamento enemigo, es manejado por hombres y éstos son tanto más vulnerables e indefensos cuanto más poderosa es el arma que emplean. ¿Paradoja? Paradoja es del combate moderno, pero bien instructiva y que merece examen: el artillero maneja un cañón, el fusilero sólo un rifle. El cañón es infinitamente más poderoso que el rifle; pero el artillero está más indefenso que el fusilero. En el combate es más fácil, mucho más fácil, matar un artillero que a un fusilero, el problema está en llegar hasta donde están los cañones. A distancias menores de 400 metros el artillero está indefenso ante el fusilero audaz.

Y cuanto mayor calibre tenga su cañón, tanto más indefenso está el artillero: ¿Cómo mover la pieza para tirar contra el fusilero que cambia sin cesar de posición? Para cuando el artillero dispara un cañonazo, el fusilero le ha disparado 20 y mucho más precisos... El caso es llegar hasta los 400 metros del artillero ¿verdad? Porque el emplazamiento de la batería está protegido por la infantería enemiga. Pero si ésta huye al ser rechazado su ataque, entonces, persiguiéndola se podrá llegar sin gran dificultad a los cañones y éstos no podrán hacer fuego eficaz temiendo herir a los suyos... Esta es una de las perspectivas absolutamente reales que ofrece el contra-ataque si se sabe aprovechar con energía el momento propicio. Porque si se quiere avanzar sin bajas hay que «pegarse» literalmente al enemigo que se retira en desorden, sólo así se puede penetrar hiriendo hasta llegar a tiro de fusil de los cañones y entonces ¡ay del artillero! A menos de 400 metros, el fusil, la metralleta, vencen al cañón, y lo vence con tanta mayor facilidad como mayor sea su calibre.

Una infantería enemiga es retirada en un «puente de plata» que bien aprovechado conduce a los lugares más vulnerables del dispositivo adversario, allí donde cada bala rinde un mayor provecho poniendo fuera de combate altos jefes, oficiales de los estados mayores, operadores de radio, telefonistas, tiradores de mortero y de cañón, &c., &c.

La infantería enemiga ataca apoyada por el fuego de sus cañones, pero los cañones no lo pueden hacer todo, llega un momento en que ambas infanterías se ven frente a frente: una, hundida en su trinchera y protegida por su alambrada, más o menos intacta; la otra, ante la alambrada, cuando ya no pueden ayudarla las explosiones de sus obuses porque de estallar podrían perjudicarlos aún más que al enemigo, ya que el defensor está cubierto por sus trincheras y el atacante no y les separan una decena de metros, sólo unas decenas de metros, pero esa estrecha faja de tierra es decisiva.

Al llegar a ella se opera un cambio en la moral de ambos combatientes: el que ataca se ve privado del apoyo que le daba su artillería y sus morteros, ya no pueden seguir protegiendo su avance y tiran lejos, detrás de las trincheras que hay que conquistar... el que se defiende se ve libre ¡por fin! del machaqueo de las explosiones, la proximidad de la infantería enemiga le protege de ellas y encuentra frente a frente a su adversario. En condiciones de superioridad porque está en su trinchera, tiene por delante su alambrada, dispone de más parque para su fusil o su ametralladora, tiene a su alcance más granadas de mano. La infantería atacante ha consumido mucho parque en el camino y nadie puede acudir a reponerlo...

El combate va a hacer crisis, los nervios de alguien van a fallar en el instante supremo. Si el defensor se mantiene tenazmente aferrado a sus trincheras y emplea bien sus armas, tiene todas las probabilidades de salir vencedor en la contienda decisiva. El enemigo se lanzará al asalto, pero las ametralladoras de la defensa le segarán, las explosiones de las granadas de mano harán estragos en sus filas... quedarse allí en el suelo no puede, las granadas de mano le siguen destrozando... instintivamente retrocederá para pedir a su artillería y a sus morteros que vuelvan a machacar a las trincheras que no pudo tomar aún.

Ese es el momento crítico: el defensor, victorioso, debe perseguir a la infantería enemiga en retirada para consolidar de este modo su victoria y llegar a los puestos de mando, a los emplazamientos de artillería y morteros «a caballo sobre los hombros del enemigo en retirada».

La idea es muy gráfica: no se puede romper el contacto porque si se rompe podrá volver a disparar con facilidad la artillería y los morteros del enemigo erigiendo una barrera mortífera difícil de atravesar. Y protegido por esa barrera de explosiones, el enemigo se recuperará superando la crisis moral que le puso en derrota.

Tal es uno de los aspectos del contra-ataque: el que pudiéramos llamar «espontáneo», lanzado por los mismos pelotones que defienden las trincheras atacadas. Pero hay otros tipos de contra-ataques más complejos, que requieren preparación esmerada y son planificados por la defensa. De esos contra-ataques hablaremos en los próximos «Consejos».

[Verde Olivo, 26 de junio de 1960.]

(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 251-254)

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