Al combatir en defensa de la soberanía popular, en defensa de las nobles conquistas de la Revolución, tu mejor aliado es el terreno que pisas, la tierra querida de la Patria que defiendes.

Por eso tienes que saber aprovechar bien el terreno en todas las situaciones del combate. El terreno, bien aprovechado, te sirve para defenderte mejor y para atacar con la máxima eficacia. El buen conocimiento del terreno es una de las mayores ventajas que tienes sobre el invasor. Por eso, aprende bien a aprovecharlo.

¿Cómo mejor aprovechar el terreno? Veámoslo por partes, empezando por la defensa. Ya sabes bien, y experiencias de la Sierra Maestra lo han vuelto a poner de manifiesto, que la defensa no implica pasividad en modo alguno. Por el contrario, el que se defiende ataca con sus balas, con sus granadas, causando gravísimo quebranto a un enemigo numéricamente superior. ¿Cómo es posible? Gracias al terreno. El defensor se parapeta en el terreno, se oculta y oculto acecha a sus enemigos para destruirles con su fuego al ponerse éstos a tiro. Gracias a la protección del terreno puede hacer frente con éxito un grupo pequeño de hombres valientes a una tropa mucho más numerosa y mejor armada. Verás por qué:

El terreno oculta a los hombres que lo ocupan, con sus ondulaciones, con sus barrancadas, con su vegetación, hasta con la diversidad de sus matices de color. Y oculta mejor a los grupos pequeños armados a la ligera que a los grupos numerosos que llevan consigo armamento pesado, de aquí que puede decirse que el terreno protege al débil contra el fuerte.

El terreno cubre de los fuegos enemigos. Las ondulaciones del relieve natural ofrecen numerosos ángulos muertos, o sea, espacios donde no pueden caer las balas de fusil y de ametralladora ni los proyectiles de cañón. El terreno ofrece multitud de pequeños accidentes, piedras, hoyos, cercas, que ponen al combatiente a cubierto de las balas enemigas, si sabe aprovecharlos bien.

El terreno impide en algunos lugares el paso a los tanques enemigos, que son el enemigo más peligroso de la defensa. Los ríos anchos y profundos, las laderas escarpadas de los montes, las cortadas del terreno, &c., obstáculos que el tanque enemigo no puede franquear.

El terreno abunda también en cuevas naturales que ofrecen eficaz refugio contra la aviación enemiga.

Como ves, el terreno brinda muchas ventajas al combatiente, pero sólo en la medida en que éste las sepa aprovechar y perfeccionar. Pasa en el aprovechamiento táctico del terreno como en el aprovechamiento industrial de las riquezas que el mismo nos ofrece: bien poco valen si no se las sabe aprovechar debidamente. ¿Cuántos siglos existió el petróleo casi inaprovechado hasta que el hombre aprendió a valerse de él? Pues algo así sucede con el terreno en el combate, hay que saberlo aprovechar, hay que saberlo perfeccionar. Y tanto lo uno como lo otro no es misión privativa del mundo superior, es labor permanente y constante de todos los combatientes.

Hemos enunciado cuatro aspectos del terreno en el combate, sería conveniente desarrollarlos con algún detenimiento y este será el tema de varios de estos consejos que brinda Verde Olivo al miliciano.

Comencemos por el valor del terreno como medio de ocultar al combatiente de la vista enemiga, tanto de la observación terrestre como de la observación aérea.

¿Sabes por qué se llama tu revista Verde Olivo? Dirías que porque verde olivo es el color glorioso del uniforme de los Rebeldes. Es cierto, pero ¿por qué lo eligieron? Entre otras cosas, porque es el que menos se destaca, sobre el paisaje cubano. Un rebelde con su uniforme verde olivo es muy difícil de ver a 100 metros en el campo, si cuida de no hacer sombra, pegándose al terreno. Así, reptando ágilmente, el soldado rebelde con su uniforme verde olivo puede acercarse sin ser visto hasta la distancia en que lleva con toda seguridad al objetivo la granada lanzada por su mano. Como ves, Fidel supo aprovechar bien en la Sierra Maestra las ventajas que le ofrecía el terreno hasta en los menores detalles, que pueden pasar inadvertidos.

Aprovecha tú también esta lección y tenla muy presente en el combate. En tu uniforme no debes llevar nada que desentone con el color del paisaje, evita todo lo que brille al sol, como chapas metálicas, &c., cuida siempre de no proyectar sombras, que son delatoras sobre todo para la aviación enemiga si te observa. Cuando te muevas busca las sombras naturales del terreno, sigue las líneas de cambio de color, es decir, allí donde limitan dos campos de cultivo diferente, un sembrado y un baldío, la linde de un cañaveral, y cuida, si caminas erguido sobre todo, que tu sombra caiga en la parte más oscura del terreno.

Si llega la aviación enemiga tiéndete a tierra si estás a campo abierto, pero si hay árboles de tronco alto y copa breve mejor disimula tu presencia pegándote al tronco.

Ahora bien, ten presente que como mejor eludes el efecto del bombardeo enemigo es tendido en tierra, porque la metralla de la bomba, al explotar, suele extenderse de abajo a arriba, abriendo un cono mortífero tanto más estrecho cuanto más pegado estés al terreno. Decimos «suele», porque a veces el enemigo emplea espoletas de tiempo con objeto de que la bomba explote en el aire, antes de llegar a la tierra, y entonces la dispersión de la metralla es de arriba a abajo. Lo hace precisamente para batir mejor a la infantería desde el aire, pero, repetimos, son menos frecuentes esos tipos que los de percusión cuando la bomba o el proyectil explotan al chocar con el suelo. Por eso conviene siempre arrojarse a tierra para eludir mejor la metralla.

Si hay varios combatientes juntos, deben evitar toda formación regular, geométrica, porque destaca más claramente sobre el fondo del terreno y la divisa mejor el enemigo.

Hay que desplegarse de modo irregular, adaptándose al terreno. Por ejemplo: si varios combatientes estuvieran entre dos campos, lo mejor para no ser visto es colocarse en fila siguiendo la línea del lindero; si estuvieran en un sembrado deben buscar también el borde y situarse a lo largo de su trazado. Si se ocultaran en un cañaveral, deben tener sumo cuidado de no mover mucho las cañas, las sombras que proyectan las puntas de las cañas al moverse los denuncian. El cañaveral oculta bien, pero es muy peligroso porque arde fácilmente y porque refleja tus movimientos, si no son cautos, y el enemigo ve que el cañaveral está ocupado por alguien.

No creas que si tú no ves al enemigo, el enemigo no te ve a ti, es un error que puede costarte la vida. Por eso, debes tomar siempre las precauciones necesarias para ocultarte. Esto se refiere sobre todo a la noche. Ten presente que el fuego de un tabaco, de un cigarrillo se divisa a gran distancia; si enciendes hogueras, la llama y el humo te denuncian. No olvides tampoco que la técnica moderna ofrece a un enemigo bien armado medios con que ver más o menos claramente en la oscuridad con los rayos infrarrojos. Por eso, de noche debes ocultarte tan bien como de día y no confiarte ciegamente.

Debes tomar medidas para perfeccionar el ocultamiento que te ofrece el terreno en combate. Para ello has de esforzarte por confundirte enteramente con el paisaje. Si estás en un matorral, por ejemplo, corta ramas y cúbrete con ellas el casco, la boina, los hombros, para disimular tu figura. Si reptas por el terreno en un avance, lleva delante de tu cabeza una mata cualquiera que hayas arrancado, una piedra de las que haya en el terreno, algo que confunda a la observación enemiga y te ayude a pasar inadvertido.

Si te detienes a pasar la noche, a descansar, o por cualquier motivo, enmascara perfectamente todos tus efectos, tus armas, tu mochila, el lugar donde te tiendas a descansar. Y al enmascararlo ten en cuenta la necesidad de ocultarse de la observación terrestre y de la observación aérea. Cuida sobre todo de no proyectar sombras delatoras. Evita colores que no armonicen con el tono del paisaje. Si manejas un camión, un vehículo cualquiera, o llevas mulas con carga, enmascáralas con tanto cuidado como a ti mismo de modo que el enemigo no las pueda advertir ni desde el observatorio terrestre ni desde el aire. El terreno te ofrece siempre con qué hacerlo en nuestra rica tierra cubana.

Al caminar bajo la posible observación enemiga, piensa que no es siempre en el combate la línea recta la distancia más corta entre dos puntos. Sigue preferentemente las sinuosidades del terreno, aunque hayas de dar rodeos, camina por espacios abiertos a la vista de la observación terrestre con el oído alerta para arrojarte al suelo en cuanto oigas el motor de la aviación enemiga. Y esta norma debes seguirla, tanto si vas solo como si diriges una unidad, una escuadra, un pelotón, un grupo cualquiera de hombres en la marcha o en el combate.

Los espacios abiertos a la observación enemiga deben atravesarse de noche. Si no es posible esperar a la noche hay que diseminar a la fuerza propia, enmascararla cuidadosamente para que se confunda con el terreno y estudiar bien los mejores itinerarios. No hay terreno por abierto que sea que no ofrezca lugares desenfilados si se le estudia bien. Y con arreglo a las circunstancias debe procederse entonces. Unas veces será preferible pasar ese espacio rápidamente, a la carrera, todos de una vez en un frente desplegado para que el enemigo no tenga tiempo a reaccionar y a lo mejor, ni nos vea. Otra habrá que pasar ese espacio arrastrándose lentamente. Aquí la iniciativa tiene amplio margen de acción y siempre podría encontrar soluciones prácticas si va acompañada de un buen estudio de la situación, de un buen análisis del terreno y sus posibilidades.

Piensa en esto hasta el número siguiente de Verde Olivo, en que seguiremos estudiando los demás aspectos del aprovechamiento del terreno.

[Verde Olivo, 22 de mayo de 1960.]

(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 263-268)

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