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No son dos virus, el asunto espinoso es el virus capitalista en dos: la peste del largo periodo de estancamiento económico del capitalismo y el impacto global del Covid-19. El coronavirus más que desnudar la economía, nos muestra el alcance de la recesión económica de los antagonismos sociales que vienen de lejos como de cerca y deja en cueros al capitalismo. El rey ya no está desnudo bajo sus ropas, sino absolutamente despojado de toda indumentaria.

 

La Reserva Federal de EEUU y el Banco Central Europeo durante 12 años, mediante las rondas de flexibilización cuantitativa reparten, entre las corporaciones transnacionales y consorcios financieros, aproximadamente 20 billones de dólares; consolidando así, el proceso de híper financierización y el vértigo de las ganancias financieras, dada la escasa capacidad productiva del capitalismo tardío para hacerse cargo del virus de la caída imparable del lucro o la tasa de ganancia cuya fuente es la economía real:

El capitalismo sobrevive, desde la crisis capitalista del 2008-2010, en una situación de permanente recesión económica, acumulando una masa creciente de dólares y euros nuevos, de crédito y deuda. Tal límite económico cero del capitalismo imposibilita la creación sostenible de valor. Si a partir de la década del 2010 se desvanece, incluso en el campo de los adictos a las políticas y teorías económicas de libre mercado, la creencia en un horizonte económico prometedor del sistema mundo capitalista y de la hegemonía de EEUU: la pandemia del coronavirus ha emplazado una bifurcación histórica en la cual gravitan:

La agudización de la crisis de credibilidad del sistema capitalista, del consenso político-ideológico en torno del recetario económico ortodoxo-monetarista.
La aceleración del tránsito geopolítico hacia un mundo multipolar y de relaciones interestatales basadas en la solidaridad y la cooperación.
Y “la oportunidad de liberarse de la tiranía” del capitalismo (salvaje, y no salvaje si tal cosa existe).
La elite económico-financiera (el 10%) está al tanto, de que la pandemia agudiza la quiebra de su poderío global, y se moviliza en función de,

Impedir el desenlace de una Gran Depresión, sin abandonar el núcleo de las políticas monetaristas.
Acrecentar el modelo de gobierno global que emerge en el 2008-2010, la banca central (la Reserva Federal y el Banco Central Europeo) instituida como gran centro planificador y de regulación del capitalismo, que garantiza el dominio de las corporaciones transnacionales y finanzas mundiales.
Profundizar la captura y control del Estado por los amos del capital mundial y consolidar el proceso de deslegitimación del Estado nación y/o de la soberanía de las naciones.
Esos son los elementos que movilizan el editorial del Washington Post sobre “el capitalismo salvaje” y la propuesta de “Un orden mundial post coronavirus, por Henry Kissinger.

La plutocracia globalizada plantea que es un urgente “una forma temporal de gobierno global que gestione las crisis médicas y económicas gemelas causadas por la pandemia de Covid-19... líderes mundiales, expertos en salud y organizaciones internacionales, que tendrían poderes ejecutivos de coordinar la respuesta...”. Para la elite globalista, es urgente y prioritario que el gobierno en la sombra, los putos amos de la producción, el comercio, la conectividad y las finanzas, asuman el reforzamiento del opaco poder centralizador de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, mediante el establecimiento del poder visible de una casta oligárquica. Esa salida capitalista ha sido presentada, en contra “...de la política de Donald Trump de “Estados Unidos primero” y de que sus proponente consideran vigente el supuesto liberal-monetarista de “cuanto más se interviene para hacer frente a la emergencia médica, más se pone en riesgo las economías”.

La elite globalista, desde Bill Gates hasta Gordon Brown”, el uso de diferentes gobiernos del gasto público, por razones que incluyen radicales diferencias, para hacer frente a la pandemia, requiere de imponer “un enfoque conjunto” gestionado por un “gobierno global temporal” y asimismo aumentar el poder de “fuego financiero” del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Esto es, la oligarquía globalista ha definido una política de liquidar cualquier intento (retórico, por aprietos y apuros, o en base de un compromiso radical con los pueblos) de ejercer el principio de la soberanía de las naciones.

En ese sentido, la idea de que estamos ante una bifurcación histórica no implica desentendernos de la tesis de Walter Benjamín, respecto de que a veces la historia toma el camino por el lado malo, de la barbarie. Y en ese cruce, tampoco podemos ignorar los infortunados atajos de las salidas “menos malas”.

En la situación de enfermedad del capitalismo por crisis económica y coronavirus, las diversas variantes de keynesianismo se movilizan en la dirección de recuperar el aliento perdido, a contrapelo de las alternativas anti sistémicas. Para la difusa y diversa familia keynesiana:

“De repente vuelven a tener valor los “viejos” enfoques del keynesianismo... La pandemia parirá un nuevo orden económico mundial y será efectivo el retorno de los Estados de Bienestar de la posguerra...Para tal finalidad, se necesitan cambios drásticos en el orden económico y financiero mundial con un freno a la globalización basada en el neoliberalismo... Se necesita el control de los capitales y una especie de “vacuna universal” contra los fondos buitre, que obligue a la reestructuración de las deudas existentes...Y frente a la crisis económica hace falta financiar políticas expansivas emitiendo dinero...Para hacerlo alcanza con ser un Estado soberano”.

En su apurado y azaroso retorno, la familia keynesiana supone que el coronavirus ya se llevó en los cachos al neoliberalismo y se desentiende de la activa fuerza ortodoxa-monetarista, que pugna por alargar la sobrevivencia del capitalismo; que el capitalismo padezca una enfermedad terminal, no implica ignorar que falta mucha tela que cortar para impedir una determinada reafirmación del poderío capitalista.

Es una ilusión, el atajo de admitir que resurgirá “un capitalismo sano y victorioso”, tal como postula la especie keynesiana. La pretensión de que la actual instrumentalización del gasto público por casi todos los gobiernos del mundo, significa un acto de soberanía de las naciones y posiciona la factible restauración del Estado de Bienestar post Segunda Guerra Mundial o keynesiano, es un despropósito. La estricta dimensión de esa medida, con sus conocidas excepciones, es un recurso no deseado por gobiernos neoliberales-monetaristas insuficientemente inhabilitados, para moderar las consecuencias de caóticos y desastrosos de sistemas de salud, y de tejidos sociales fragmentados y desarticulados:

Es demasiada concesión, la ilusión keynesiana de admitir que las medidas de empleo del gasto público, en tiempos del coronavirus, privilegian y privilegiarán “la centralidad o revalorización del Estado, la radical importancia de la salud pública, y la planificación de la producción”. Todo lo contrario, continua vigente el indolente y cruel “sálvese quien pueda”, salvo en China, Rusia, Cuba y Venezuela.

La diversidad keynesiana está estancada en la querella ritualista acerca de que “los mercados no saben cómo autorregularse y no existe una mano invisible que los regule...y la nefasta independencia de los bancos centrales”. Aun no se ha percatado, de que las políticas económicas de libre mercado lo más libre posible están aliñadas con “la disciplina del equilibrio” o la ley de hierro de la Escuela de Chicago que es impuesta por el Estado (o los Estados) durante las décadas 1980, 1990 y 2000, y con el ingrediente de la banca central planificadora, esto es, con base de la captura definitiva del Estado por la plutocracia del 1%, desde la crisis del 2008-2020.

La diversidad keynesiana, dado su descompás político y teórico con relación de la prolongada recesión económica, supone que ha llegado la hora de un programa estatista, al estilo de,

“Activa intervención del estado para controlar los efectos desquiciantes de los mercados”.

“Políticas expansivas contra cíclicas (fiscales y monetarias).

Regulación estatal de los mercados financieros

Organismos internacionales más “democráticos y alejados de los dogmas neoliberales”

“Reestatización de derechos básicos privatizados”.

Uno de los elementos claves del trastorno exponencial del keynesiano, en su ilusión de borrar de la pizarra el agotamiento (filosófico, político y económico) del liberalismo, es el relanzamiento del estatismo:

Efectivamente, los Estados de China, Rusia, Cuba y Venezuela, han demostrado su capacidad para hacerse cargo de la pandemia de coronavirus. Ese hecho crucial, en tiempos de las contradicciones humanidad-imperio, Estado nación-imperio y del aceleramiento del tránsito geopolítico hacia mundo multipolar; de la reafirmación de la centralidad del Estado; de una modalidad simétrica de relaciones interestatales; y de cómo vivir juntos en el planeta Tierra: exige, a contrapelo de la ilusión keynesiana: la presentación y defensa de una idea de la nación.

En esa transición de alta monta y envergadura, el asunto político crucial de ningún modo es, correr la arruga con un programa keynesiano-estatista o restaurar cualquier fórmula liberal demodé: si de la democracia constituyente, la igualdad y los bienes comunes, se trata. Al contrario, asistimos a una oportunidad irrenunciable de presentar, movilizar y desarrollar una gran transformación político-ideológica y económica: si no lo hacemos ahora,

¿Para cuándo es el tiempo de hacerse cargo de los viejos y nuevos antagonismos sociales del capitalismo?

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