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La globalización es un hecho histórico. No puede negarse, pero eso no impide juzgarla. La globalización del capital ha imprimido más velocidad al cambio climático, de por sí acelerado, y ha aumentado los daños al ambiente. Esta globalización ha profundizado las brechas de conocimiento, las asimetrías económicas y los problemas migratorios. Aunque ha existido progresividad social, la desigualdad ha aumentado. En el aspecto cultural, se ha incrementado la homogenización cultural, con la consecuente alienación de los pueblos más pobres.

 

 “La globalización, tal como la conocemos, ha fracasado”, reconocía el Foro Económico Mundial, en el año 2016 (“África tiene una alternativa”, WE Forum, Suiza). El problema, según esta publicación periódica, se debe al punto de vista limitado y egoísta de los países occidentales (yo diría del Norte rico), que equiparan globalización con liberalización del comercio internacional. La simplificación del concepto de globalización proviene de una derecha internacional que ha retornado al anticomunismo de los años 50 del siglo pasado. Por eso vemos a Bolsonaro por televisión, durante su posesión como presidente del Brasil, mostrando la bandera verde y amarilla de su país, y gritando: “¡Nunca será roja!”. Macri en Argentina ya camina por esa línea. En Europa, Merkel y Macron hacen lo propio. Pero el que más ha hecho méritos para ser el abanderado de la ultra derecha mundial es el presidente estadounidense Donald Trump. 

Trump representa lo peor de la globalización del capital. No solo eso. Él es quien está provocando la aparente ruptura de Estados Unidos con sus aliados y la idea aislacionista de que el mundo se divide en nosotros y los otros. Es como si la vieja canción de Piero “Los Americanos” pasara de ser una parodia a ser una pesadilla. Ese es el sentir del comunicador especialista en temas geopolíticos Ian Bremmer (Our 'Us Vs Them' World, Time magazine, New York, 2018-05-04). Entre las razones del fracaso de la globalización que da este investigador, prevalece la económica. 42 personas en el mundo poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial. Esa mitad es afectada cuando las multinacionales deciden mudar sus fábricas adonde los salarios sean más bajos. A eso se suman las crecientes reducciones de presupuesto en inversiones de salud y educación. El resultado es una creciente desigualdad, que los ganadores festejan sin ver el peligro. 

Otra razón es el temor al “otro”, un prejuicio común del trabajador local contra el inmigrante. Miedo a perder el trabajo, a que se reduzca el salario, Esta actitud emocional ha sido bien explotada por Trump y sus más fieles seguidores son los grandes empresarios y los sindicatos tradicionales. 

Una tercera razón es el tema seguridad. Un comercio internacional estable requiere un mundo estable y por eso los países ricos son como los bomberos, prestos a apagar incendios donde se presenten. Trump, sin dejar de ser un neoliberal, aprovecha este factor para ganar votos. Dice que Estados Unidos solo defenderá sus propios intereses. Al diablo los aliados, aunque sea de labios para afuera, atrae votos.

También está la cuestión tecnológica. En apariencia, las redes sociales han democratizado el intercambio de opiniones. En la práctica, las redes sociales nos unen con los que piensan igual, haciéndonos ver más los mensajes de esas personas y eso rebaja el tono divergente de la discusión. Lo políticamente correcto termina por ser lo socialmente aceptable. Hemos regresado al punto de partida, el conformismo y la masificación.

Eso nos lleva al problema de la automatización. Se ve venir una reducción de empleos por el uso de autómatas a gran escala. Para 2030, eso significará 800 millones de empleos perdidos. La respuesta más fácil es la más egoísta. Se olvida la solidaridad y se busca la forma de ganar uno, aunque los demás se hundan. Por eso es necesario un rediseño del orden mundial, con nuevas reglas más equitativas. De la mayoría de los gobiernos no se puede esperar mucho, pero de los pueblos organizados es posible una respuesta positiva, como históricamente ha ocurrido.

El cambio requerido debe ser integral, totalizador y eso incluye una visión planetaria. Cuando las emisiones de CO2 están otra vez en aumento y se puede constatar que las cumbres de cambio climático no han logrado acuerdos vinculantes, es hora de pensar en los pueblos, más que en los Estados. 

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JULIAN