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Uno de los indicadores de que nos hallamos ante ideólogos totalitarios es la utilización por éstos de la gran mentira: un virulento ataque a un grupo indefenso, y a continuación una negación categórica que convierta a las víctimas en verdugos, y a éstos en víctimas.

El promotor sionista del genocidio Benny Morris practica la Gran Mentira (1). Asegura: “Nunca ha dado mi apoyo a la expulsión forzada de todos los palestinos… He dicho en repetidas ocasiones que la expulsión de los palestinos es inmoral e impracticable.”

En una reciente entrevista celebrada en Israel, Morris afirmó: “En determinadas circunstancias, la expulsión no constituye un crimen de guerra. No creo que las expulsiones de 1948 (de casi un millón de palestinos) fuesen crímenes de guerra. No es posible hacer una tortilla sin cascar algún huevo. Has de ensuciarte las manos. Además, cuando el primer ministro israelí (Ben Gurión) se puso a la tarea de la expulsión, quizás debería haberla completado. Sé que esta afirmación resulta demoledora para los árabes, los progresistas y los políticamente correctos. Pero considero que este lugar sería mucho más tranquilo y conocería menos sufrimiento si el asunto se hubiese resuelto de una vez por todas, si Ben Gurión hubiera realizado una expulsión de más envergadura y hubiera limpiado todo el país, todo el territorio de Israel, hasta el río Jordán. Quizás resulte que este haya sido su error fatal. Si hubiese realizado una expulsión completa, y no una parcial, habría estabilizado el Estado de Israel por generaciones.” En su extremismo, la promoción que hace Morris del etnocidio judeo-fascista de Palestina/Jordania excede cualquier otra expresada por una figura pública laica en Israel.

Según Morris, el desarraigo, la masacre y la expulsión de tres millones de palestinos de sus hogares, tierras y comunidades reduciría el sufrimiento –de los judíos– y anunciaría una vida más tranquila para los judíos de Israel. Es el mismo razonamiento utilizado por Hitler en su proyecto para purificar la Alemania nazi.

Morris urde un relato sobre el pacífico papel de Israel en Oriente Próximo, cuando en realidad ha sido el estado más agresivo, militarista y expansionista de toda la región. Escribe: “Me es completamente ajena la idea de que el sionismo haya tenido alguna vez por objetivo el dominio de Oriente Próximo… El sionismo pretendía únicamente establecer y mantener un (minúsculo) Estado judío en la tierra de Israel/Palestina, patrimonio de los judíos (…) y conquistada por salvajes invasores musulmanes árabes.

Pero la historia del Estado israelí nos muestra otra cosa. Desde la partición original de 1948, Israel se ha extendido y ha colonizado tres cuartas partes de Palestina. Además, ha invadido Líbano, Siria, Jordania y Egipto y se ha apoderado y sigue ocupando territorio de tres de los cuatro países. Israel es el único país en Oriente Próximo que ha invadido repetidamente Líbano, destruido su infraestructura, asesinado a los refugiados palestinos en sus campamentos, e intentado establecer un régimen títere en el Sur del país. Israel ha sido el único país de Oriente Próximo que ha derribado un avión comercial: aparato libio que transportaba peregrinos a La Meca, matando a todos los viajeros.

El lobby pro israelí –la configuración de poder sionista en Estados Unidos– ha conseguido de este país más de 120.000 millones de dólares de ayuda militar y tecnología militar de punta, lo que le permite disfrutar de una abrumadora superioridad militar en la región. La superioridad militar de Israel ha hecho posible que el Estado de Israel amenace, presione, desestabilice e influencie a los países árabes.

La principal amenaza nuclear en Oriente Próximo y la única potencia nuclear (con más de 200 bombas termonucleares) que amenaza públicamente con atacar y lanzar su arsenal atómico es Israel. Este Estado ha desarrollado acciones terroristas transfronterizas en todo el Oriente Próximo, cometiendo asesinatos, formando escuadrones de la muerte en Irak septentrional (Kurdistán) y Colombia, y no reconociendo las fronteras soberanas cuando obstaculizan sus objetivos hegemónicos.

El estilo de Morris es tan revelador como el fundamento de sus creencias totalitarias. Afirma que “Israel ha sido amenazado de destrucción por Irán y el proyecto nuclear iraní parece tener por objetivo a Israel.” Aparte de una vaga observación, cuya traducción fue groseramente manipulada, del presidente iraní Ahmadinejad sobre “la desaparición de Israel de las páginas de la historia” (observación referida a un cambio político en la naturaleza étnica del Estado judío), el gobierno iraní nunca ha amenazado a Israel con armas nucleares. Morris, este profeta del Apocalipsis dotado de poderes especiales que le permiten hurgar en “la mentalidad suicida de los mulás que gobiernan Irán”, sabe positivamente  que la disuasión no dará resultado. Sin ningún tipo de prueba basada en hechos reales. Ni mención alguna a la historia de las relaciones exteriores de Irán de estos últimos 50 años.

La clave que nos permite comprender la propuesta de Benny Morris de un genocidio nuclear es su opinión totalitario-racista de los árabes, los musulmanes y los iraníes. En una entrevista concedida al diario israelí Haaretz (2004), en relación con las relaciones israelo-palestinas afirmaba: “Hay que construirles algo parecido a una jaula… No hay otra opción. Tenemos ante nosotros un animal salvaje que debe ser enjaulado de un modo u otro.” Según Morris, los palestinos son “bárbaros que nos quieren quitar la vida… En estos momentos, esa sociedad se ha convertido en un asesino en serie. Es una sociedad muy enferma y deberíamos tratarla del mismo modo que se trata a los individuos convertidos en asesinos en serie.” Para Morris, los despojados palestinos son los asesinos mientras que el estado colonial israelí, que ha desposeído de sus bienes a millones de personas, torturado a decenas de miles, encarcelado a centenares de miles y liquidado a miles de ellas –a la vez que construye un enorme muro-gueto que arruina la vida de tres millones de personas– es una sociedad mentalmente sana. La deshumanización de las víctimas y el uso de analogías infrahumanas es una práctica habitual de los ideólogos totalitarios. Calificar a los musulmanes de infrahumanos allana el camino hacia su incineración por medio del arma nuclear.

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Benny Morris fundamenta su argumentación a favor de un ataque nuclear contra Irán en dos mentiras flagrantes. Primera: “Todos los servicios secretos del mundo estiman que el programa iraní está orientado a la elaboración de armas, y no a la aplicación pacífica de la energía nuclear”; y, segunda: “Todos sabemos que estas medidas (las sanciones económicas) hasta ahora no han conducido a ninguna parte y son de difícil aplicación.” Los dieciséis principales servicios secretos estadounidenses  publicaron en 2007 el National Intelligence Estimate, un dictamen general de evaluación de informaciones secretas, basado en fuentes de información de alta tecnología y también en agentes sobre el terreno, en el que afirmaban que Irán no estaba elaborando uranio enriquecido para uso armamentístico. La Agencia Internacional de Energía Atómica, que dispone de inspectores permanentes y hace continuas visitas a las instalaciones nucleares iraníes desde hace diez años, no ha hallado ninguna prueba de la existencia de un programa armamentístico. Todos los países –excepto Israel y el Congreso y la Casa Blanca estadounidenses, dominados por los sionistas– consideran que las negociaciones deben continuar, pero China, Rusia y los países de Oriente Próximo, entre otros, han apoyado las sanciones. El programa de enriquecimiento de uranio iraní es legal y es idéntico al que llevan a cabo docenas de otros países de todo el mundo. Sólo Israel, Estados Unidos y la Unión Europea han decidido arbitrariamente equiparar las legítimas actividades de Irán con la producción de armas nucleares, y extrapolar a continuación el asunto hasta considerarlo una amenaza inmediata a la misma existencia de Israel.

La más ridícula de las afirmaciones de Morris es la de que él “nunca ha estado a favor de un ataque genocida contra Irán con el objetivo de matar a 70 millones de iraníes.” En sus propias palabras, registradas unas semanas antes, el 18 de julio, en un editorial en el New York Times: “Los líderes de Irán harían bien en reflexionar sobre su jueguecito y suspender su programa nuclear. Su segunda mejor opción sería que Israel, mediante un ataque aéreo convencional, destruyese sus instalaciones nucleares. Es evidente que esta acción supondría miles de bajas iraníes y una humillación internacional. Pero la alternativa es un Irán convertido en un desierto nuclear.”

Al plantear esta cuestión a Irán sin otra opción que el sacrificio de su soberanía nacional ante la amenaza nuclear iraní, Morris determina de antemano el resultado: Israel deberá lanzarse a un ataque nuclear genocida contra Irán. El doble lenguaje de Morris y su completa confusión al asegurar que se opone al genocidio iraní a la vez que apoya ataques nucleares limitados contra Irán revelan su total ignorancia de las consecuencias más elementales a largo plazo de un ataque termonuclear contra un país muy poblado: efectos a gran escala de la radiación, contaminación, devastación económica y trauma social generalizado, para no hablar de los efectos más inmediatos.

El desahogo de Benny Morris, por sí mismo, no nos preocuparía si estuviera limitado a una versión israelí de una cervecería de Munich. Pero el que la respetable prensa impresa capitalista, como el New York Times, entre otros, publique y difunda la defensa abierta del genocidio nuclear como si fuera una opinión como cualquier otra constituye una preocupación política de primer orden. Nos indica hasta qué punto el imperial-militarismo ha infectado el discurso político occidental: hemos pasado de un rasguño a la gangrena.

* * *

Postdata: El 5 de agosto de 2008 se publicó una declaración firmada por más de 200 académicos y activistas por la paz israelíes en los siguientes términos:

No hay ninguna justificación militar, política o moral para lanzar una guerra contra Irán. Un flujo constante de información atestigua que el gobierno israelí está estudiando con toda seriedad un ataque contra Irán, a fin de interrumpir sus planes nucleares. No descartamos posibles acciones irresponsables por parte del gobierno iraní, nosotros también nos oponemos a la existencia de armas atómicas de destrucción masiva en la región. Sin embargo, es evidente que la fuente principal de peligro inmediato de una nueva guerra generalizada emana del gobierno israelí y sus constantes amenazas, respaldadas por provocativas maniobras militares.

Tras una detenida reflexión, reiteramos nuestra posición de que todos los argumentos en favor de un ataque de este tipo no tienen ningún tipo de justificación securitaria, política o moral. Israel podría verse envuelto en una acción aventurera que pusiera en peligro nuestra propia existencia, sin haber realizado un esfuerzo consistente por agotar las alternativas política y diplomática al conflicto armado.

No estamos totalmente seguros de que vaya a producirse el ataque. Pero el hecho mismo de que se esté sopesando como opción razonable hace urgentemente necesario que llamemos la atención y pongamos sobre aviso de los peligros destructivos de una acción ofensiva contra Irán.